¿TV abierta o TV por satélite?

Arturo Escandón

JAPÓN SE ACERCA a un momento crucial y peligroso de su industria televisiva. En pocos días más seremos testigos de una liberalización del mercado televisivo y radial, sin precedentes en este país, al entrar en funcionamiento la tecnología digital de transmisión audiovisual. La empresa pionera es PerfecTV, a la cual IPC Television Network (dependiente de un pequeño conglomerado que publica dos semanarios en Japón en lengua española y portuguesa, para las comunidades luso e hispanohablantes) se ha sumado para satisfacer la gran demanda de productos audiovisuales e información de los residentes hispanohablantes y los japoneses que hablan la lengua de Cervantes.

Japón no ha desarrollado una industria de medios de comunicación que esté a la altura de otros países ricos, e incluso no supera la de algunos países tercermundistas. No estamos hablando sólo de contenidos, donde sus carencias son evidentes. Tampoco nos referimos al control manifiesto que ejercen agencias de publicidad como Dentsu y sus filiales sobre el periodismo local. No es posible entender el subdesarrollo nipón en áreas como la TV por satélite y cable, más que a la luz de la voluntad de unos pocos de regular, controlar, manipular y hasta censurar algunos medios por vías más o menos directas. No es comprensible que de los tres canales de satélite (BS), dos sean de la NHK y uno de películas. En este marco, la TV satelital, que se conoce hasta el momento, no representa ninguna variedad. El cable ha sido poco difundido y su uso masivo no es incentivado, por lo que no es una alternativa viable a la TV abierta.

Por eso nos sorprende esta súbita participación japonesa en la transmisión digital por satélite de radio y TV.

La TV digital es toda una revolución tecnológica en países europeos, EEUU y Canadá. Permite el uso de una sola línea o conexión satelital para transmitir cientos de canales digitales. Esto es posible gracias a que la transmisión digital no necesita ser descodificada simultáneamente como son aquellas transmitidas en forma análoga. Por el contrario, por cada minuto de recepción de un partido de fútbol, en el sistema normal, pueden ser recibidos más de cien partidos en forma digital. O por ponerlo de otra manera, la tecnología digital satelital permite que en un minuto de transmisión puedan recibirse más de doscientas horas de programación de vídeo, o unos cientos de miles de horas de audio, con la misma calidad que un disco compacto (CD), o un disco de vídeo láser. Esto se debe a que en los últimos años se ha avanzado a pasos tan agigantados en el desarrollo de tecnologías de compresión digital de vídeo que incluso el sistema de TV de alta resolución llamado Hi-Vision , desarrollado por los japoneses, y que parecía como lo más avanzado en su campo, está practicamente obsoleto al estar basado en la transmisión y recepción análoga de imágenes y sonido. La industria japonesa ha invertido unos 500 millones de dólares en saco roto. La compresión, transmisión y recepción digitales aprovecha mucho mejor una banda normal satelital (8.1 Mhz), haciendo pasar cientos de canales por donde antes sólo pasaba uno.

Nadie puede percibir todo este cúmulo de información, pero sí podemos seleccionar lo que queremos ver o guardarlo en forma digital en un disquete o en algún otro soporte de bits. Es aquí donde radica la verdadera diferencia entre lo digital y lo análogo. Llegará un día no muy lejano en el que la televisión, los vídeos (que seguramente vendrán en formato de disco láser, pero de menor tamaño, o serán suministrados a través de las redes como la Internet), la radio, el periódico y otras tantas formas de comunicación más, viajen vía satélite y sean accedidas ya no por medio de un descodificador o un aparato de TV, o un vídeo, sino por un computador personal (que siempre ha trabajado a base y con estándares digitales). En otras palabras, será posible (ya lo es, de forma incipiente) acceder por medio del computador personal y a través de Internet o el satélite a todo tipo de medios de comunicación, con el beneficio de que podemos seleccionar, editar y conservar, en soportes casi indestructibles y de alta resolución, la información que deseemos.

La introducción en Japón de la TV por satélite restaría algo de control a los medios tradicionales, ya que una fragmentación del mercado en cientos de canales (para cientos de públicos distintos) afecta la forma en que las corporaciones y las agencias de publicidad usan los espacios publicitarios. De hecho, la tarta publicitaria tendería a repartirse entre la TV abierta y la digital, o en el caso de la TV satelital pagada, muchos emigrarían de la primera a la segunda, menoscabando su poder. Hoy, más de la mitad de la inversión o tarta publicitaria es manejada por Dentsu1 . Dentsu elige en qué medios (ni siquiera una docena de redes televisivas) coloca el dinero de sus clientes, pero al mismo tiempo exige ciertas garantías. Sin embargo, no está claro lo que pasará cuando haya cien medios donde repartir la tarta. Es muy probable que el peso específico de los que controlan los medios de comunicación se diluya en una cantidad insospechada de canales que sirvan a públicos diversos. La fragmentación de la TV japonesa auspiciaría el traspaso del control de la programación al lado del público.

Estamos todos de acuerdo con los beneficios que nos depararía el hecho de que el control de la programación tendiera a recaer más en el público que la recibe que en una minoría acostumbrada a hacer la vista gorda a las verdaderas demandas de los espectadores o auditores. Sin embargo, hay algunas barreras que harán de esta revolución tecnológica y mediática japonesa una aventura distinta que la hazaña que se viene llevando a cabo en otras latitudes.

La primera barrera es la del idioma. Ciertamente, los canales de IPC TV no tendrán problemas en adquirir programas en español o portugués. El español es una de las lenguas universales y el portugués es hablado por unos doscientos millones de personas. Otro gallo le canta a los canales digitales japoneses que tendrán que rellenar esos canales con programas informativos, películas, documentales y de variedad, producidos en lenguas que no son precisamente la suya, y que de incorporarse, habrán de ser traducidos, perdiendo espontaneidad y fidelidad. Y he aquí que las grandes preguntas no dejan de asomarse: ¿De qué le sirve a Japón toda esta tecnología si todavía no puede comunicarse con el exterior? ¿De qué modo los japoneses pueden sacarle partido a medios como la Internet si no pueden navegarla, porque no entienden las lenguas universales y no hay interés, tampoco, en enseñarlas bien?

La siguiente barrera trata sobre la desconfianza con que son recibidas estas nuevas tecnologías por parte de los medios tradicionales. En un país donde cada habitante enciende la TV ocho horas y veinte minutos al día, de lunes a sábado, y nueve horas los domingos (en comparación con los franceses, que la encienden tres horas y media)2 , suponemos que las cadenas como la TBS y la Fuji, no se van a quedar de brazos cruzados esperando que una parte de esas horas huya hacia las tecnologías digitales. A muchos les gustaría ver sepultado el proyecto antes de que fuera dado a luz.

De consolidarse la TV satelital digital, Japón entrará , ciertamente, en una nueva era informativa. Quizá, el periodismo no cambiará mucho y seguiremos contemplando atónitos los fabulosos programas-concurso, la propaganda rampante, la telebasura o la desinformación periodística. Tal vez, el Cuarto Poder irá tan de la mano de los otros tres como lo ha hecho hasta ahora. Sin embargo, la segmentación de los medios ayudará a descentralizar el control que ejercen unas pocas compañías sobre el conjunto de la sociedad y existirá más presión interna que nunca para que el país equipare el subdesarrollo de sus medios de comunicación, en tanto contenidos, con el desarrollo tecnológico y material que hoy ostenta, pero que no aprovecha.

Osaka, julio de 1996

NOTAS:

1 The Enigma of Japanese Power. Karel van Wolferen. Tuttle. 1993.

2 Le Monde Diplomatique. París, marzo de 1996.