Violencia juvenil en Japón

Silvia Falcoff

La crónica de la violencia juvenil se está escribiendo día a día en Japón, ante la mirada estupefacta de los japoneses y de algunos extranjeros que miran a este país como algo especial y extraordinario. No pasa una semana sin que los diarios nos asombren con una nueva proeza infantil o juvenil. Es como una especie de escalada del asombro y del horror. Al principio, el maltrato en las escuelas; después, un niño que mata a otros; ahora, muchos niños que se maltratan en los centros educacionales, además de no pocos que agreden a los adultos, matándolos en un número reciente de casos por razones tan diversas como «me molestaba», «no me gustaba», «así no tenía que concurrir al colegio», y otras que seguramente se me escapan. Cuando esta columna sea publicada, tal vez haya nuevos hechos en los que todavía ni nos hemos detenido a reflexionar. 

Todo esto significa que ni sabemos exactamente lo que está pasando ni, menos todavía, constatamos un acuerdo entre los analistas sobre el sentido, la dirección, de lo que acontece con los jóvenes de este país. Lo único que sabemos con certeza es que a los jóvenes algo les disgusta tan extraordinariamente que están inventándose inéditos comportamientos que nadie se atrevió antes a pronosticar. 

Hace unos días —escribo esto a fines de febrero— un estudiante extranjero, asistente por intercambio a una escuela secundaria japonesa, afirmaba (en la prensa en inglés) que la violencia generalizada en su high school está siendo «una de mis más terroríficas experiencias» durante su estadía. Y lo que más le llamó la atención a este chico —Owen Rosa, se llama— es la falta de intervención por parte de los profesores, atentos sobre todo «a mirar hacia otro lado y a simular que "aquí no pasa nada"». 

Una segunda cosa que a mí me llama poderosamente la atención es que en todos los casos de asesinatos cometidos por jóvenes, últimamente, sus familias estaban completamente ajenas a cualquier anormalidad en la conducta de sus hijos. Los padres los tenían por chicos absolutamente normales y pacíficos, al punto de no estar seguros de creer o no si eran sus hijos quienes habían cometido tamaños delitos. Las mismas autoridades, a juzgar por lo que se lee en la prensa, están si no divididas, al menos sumamente indecisas sobre el camino a tomar. Los gobernantes piden medidas firmes que incluyen registros corporales a la puerta de los institutos de enseñanza secundaria. Los directores de dichos establecimientos se preguntan si tales acciones no constituirían atentados contra la privacidad de los jóvenes. Los maestros también sostienen posturas divergentes: algunos protestan entre ellos, otros contextualizan el acoso y hostigamiento intraescolar (ijime) como algo que si uno nunca podría aprobar, sin embargo se puede llegar a comprender en algunos casos... 

Por otra parte, es muy sintomático que los padres le endosen la responsabilidad a la institución escolar mientras que los maestros afirman que ellos no pueden convertirse en policías de sus alumnos. Resultado final: inacción, paralización, falta de respuesta y, lo que es más preocupante, incluso falta de preguntas acertadas sobre cuál es el motivo de todo esto que está sucediendo. 

Con ánimo de contribuir a la reflexión que el conjunto de la comunidad tendría que acometer con urgencia, quisiera proponer algunas consideraciones generales, referidas a adultos y jóvenes. Porque, adelanto mi hipótesis: lo que sucede a los jóvenes en buena parte es responsabilidad, directa o indirecta, de lo que han recibido del mundo adulto que los rodea, esté éste integrado por familiares o por docentes. 

Por parte de los familiares, y en especial del padre y de la madre, una cosa que sobresale en las noticias de la prensa y en conversaciones particulares es la frecuente mención a la no intervención en la intimidad de los chicos. A los chicos hay que darles autonomía, se escucha decir; no hay que estarles tan encima. La conclusión es que entre el mundo de los chicos y el de sus progenitores se ha acabado estableciendo una distancia sideral, un auténtico abismo donde lo que los unos hacen, dicen y piensan poco importa a los del otro grupo. Los chicos establecen sus solidaridades generacionales, dejándoles a los viejos que se reúnan para conversar de sus temas, incluyendo a veces la triste suerte de hijos de los que nadie se preocupa. 

Ahora bien, y esto va por los padres y también por los enseñantes, tanto la vida familiar formal como el código que se enseña en las aulas mantienen la insistencia tradicional de transmitir una reglamentación moral hecha de equilibrio, cortesía, buenas maneras, dominio de sí mismo, respeto por adultos y tradiciones, mantenimiento de las tradicionales y proverbiales virtudes japonesas. En las escuelas japonesas no se enseña mucha ciencia, literatura o pensamiento crítico, a juzgar por las características de los alumnos que llegan finalmente a la universidad. Pero lo que sí parece muy enseñado, en todo caso bien aprendido, es una explicación estándar sobre qué es Japón y qué hay que hacer para ser un buen japonés según el manual. Ya podemos verle la cola a una trágica contradicción: los chicos son dejados de la mano de sus padres (¿aburridos?, ¿egoístas?) y de sus maestros (¿impotentes?, ¿burocráticos?), pero al mismo tiempo se les exige que saquen buena nota a la hora de asumir un código moral y de conducta que, además, no ven reflejado con suficiente claridad ni en casa ni en el colegio. 

Convendría entonces que nos preguntáramos si la violencia juvenil (en el cole a base de amenazas, golpizas y ahora cuchillos; en la calle detrás de ese viejo que no devuelve una pequeña deuda o de esa señora que importunaba), si esa violencia no es síntoma de algo. Aparte de que cada uno es responsable de sus actos en alguna medida desde que tiene uso de razón, quizá esta proliferación de comportamientos violentos signifique también una respuesta, por parte de los adolescentes, a este mundo contradictorio de exigencias tradicionales abstractas y falta generalizada de ejemplaridad de la que, también con asombro, son testigos. Testigos hasta ayer mudos e indolentes y, desde hace muy poco, sumamente activos, aunque se trate de una acción pervertida y, claro está, condenable. 

En toda sociedad existen espacios de violencia pública: los terrenos deportivos, las discotecas... eso cambia de una sociedad a otra. Lo que me llama la atención, y creo significativo, es esta concentración de violencia en la institución escolar. Como si los chicos dieran su respuesta justamente en la institución donde los han enviado sus padres y donde se les enseña un código de conducta, una tabla moral, que tal vez consideran hipócrita y pasada de moda. Convendría que nos preguntáramos si esa violencia no es un lenguaje, algo que los más jóvenes le están transmitiendo al mundo de los adultos: un reclamo (probablemente angustiado) ante la no intervención paterna, y una protesta ante una institución escolar en crisis (protesta que se canaliza en los cuchillos ante la ausencia de instituciones en las que los jóvenes puedan dar su opinión y hacer sentir su influencia sobre la marcha de las cosas). 

Si, siguiendo mi razonamiento, entendemos la violencia juvenil como modo de expresión de una protesta, ¿de qué están entonces protestando? Quizá lo que hay en el fondo es que estos adolescentes, los de la golpiza y del cuchillo, son los primeros que han decidido no mirar hacia el otro lado y simular que aquí no pasa nada. Quizá lo que traslucen estos dramas es que ha nacido en este país una generación que no sólo no se cree los cuentos sobre un Japón idílico (eso ya ocurría con la anterior) sino que además tiene energía suficiente para protestar por el engaño del que se siente víctima. No le deseo a nadie que sufra las tropelías de estos jóvenes. Pero no dejaré de pensar que, en alguna medida, esos chicos son meras víctimas de un mundo inaceptable que les ha sido legado por sus mayores. 

 
* La escritora es psicóloga argentina.